No suele haber accidentes de avión, pero cuando los hay, aparte de ser muy aparatosos, suelen ser siempre por un fallo humano.

Espera, no es mi intención asustarte.

Lo que quiero que entiendas es el porqué de la importancia que le damos en PULSE al entrenamiento emocional y mental de los pilotos que formamos.

Lo vas a entender bien con esta experiencia que vivió una pasajera…

«Tenía que ir a Madrid por trabajo, así que no me quedaba más remedio que subir al avión.

Digo que no me quedaba más remedio porque tengo miedo a los aviones.

Pero justo antes del cierre de puertas, empecé a darle vueltas a este pensamiento…

Vale, subo al avión, paso el trago y llego a Madrid, pero una vez allí, para volver a casa tendré que coger otro avión a la fuerza…


Y me bloqueé.
Ataque de pánico de los gordos.

Lo único que quería era bajarme de ese avión.
Así que fui directa a la tripulación que estaba en la puerta y les dije:

Yo me bajo del avión porque me muero de miedo.

Claro, dicho esto, se formó un comité de crisis en el finger, justo delante de la puerta del avión. Estábamos allí discutiendo con los que tenían que separar el finger, los asistentes de vuelo y, en un momento dado, aparece también el piloto, Antonio.

Ya no sabía si desmayarme por el ataque de pánico o por lo bueno que estaba el piloto.

No, en serio.
Lo estaba pasando fatal.

Total, que Antonio el piloto me vio en el momento cúlmine del ataque de pánico: sentada en el suelo y llorando desconsoladamente, y me dijo…

¿Tienes miedo? Mira, ven a la cabina. Si vuelas con nosotros nunca más tendrás miedo.

A mí lo que más miedo me da es el despegue.

Así que le dije que vale, que me envalentonaba y entraba en el avión porque sí o sí tenía que llegar a Madrid, pero que el despegue no lo quería ver.

El viaje lo pasé como pude, y unos 15 minutos antes del aterrizaje vino una azafata a llamarme porque me invitaban a aterrizar en cabina con Antonio y el copiloto.

Esta vez sí que fui, y tengo que decir que fue muy bonito.

De verdad, fue precioso.

Como pasajera, lo que pensé en ese momento fue que ellos y yo tenemos carácteres completamente opuestos.

Porque mientras yo no consigo filtrar racionalmente mi miedo, ellos hacen un trabajo que les exige una precisión, una racionalidad y una lucidez tremendas.

Y todo esto lo pensé porque mientras el avión descendía, atravesamos una nube, y no se veía nada, pero ellos estaban dominando completamente la situación, los veía superseguros.

Incluso sin ver nada.

Y para mí lo absurdo es que yo tengo un miedo horroroso, porque en el momento del vuelo no me fío del género humano, porque el avión al fin y al cabo está en las manos de un ser humano.

Pero a ellos los veía con un dominio tal que los hacía extremadamente confiables.

Si te digo la verdad, no sé si el miedo a volar se me ha pasado para siempre. Pero al menos aterricé en Madrid tranquila y conseguí volver mucho más serena».

Bien.

Estos son los pilotos que formamos en PULSE.

Pilotos de alto rendimiento en aviación, que son responsables de las vidas que llevan a bordo y pieza clave en la historia y la felicidad de esos pasajeros… hacen posible amores a distancia, vacaciones de ensueño, despedidas de abuelas que vuelan para siempre, subidones por cierres de negocios millonarios…

Pilotos que en vuelo están superconcentrados y dominan el avión con total seguridad y lucidez, pero que cuando salen de la cabina y están fuera de la “competición” (fuera de vuelo) son como Rafa Nadal, que no le importa estar una hora firmando autógrafos (saludando en la puerta del avión), porque sabe que así como Nadal se debe a su público, él se debe a sus pasajeros.

¿Pilotos de alto rendimiento?

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No suele haber accidentes de avión, pero cuando los hay, aparte de ser muy aparatosos, suelen ser siempre por un fallo humano.

Espera, no es mi intención asustarte.

Lo que quiero que entiendas es el porqué de la importancia que le damos en PULSE al entrenamiento emocional y mental de los pilotos que formamos.

Lo vas a entender bien con esta experiencia que vivió una pasajera…

«Tenía que ir a Madrid por trabajo, así que no me quedaba más remedio que subir al avión.

Digo que no me quedaba más remedio porque tengo miedo a los aviones.

Pero justo antes del cierre de puertas, empecé a darle vueltas a este pensamiento…

Vale, subo al avión, paso el trago y llego a Madrid, pero una vez allí, para volver a casa tendré que coger otro avión a la fuerza…


Y me bloqueé.
Ataque de pánico de los gordos.

Lo único que quería era bajarme de ese avión.
Así que fui directa a la tripulación que estaba en la puerta y les dije:

Yo me bajo del avión porque me muero de miedo.

Claro, dicho esto, se formó un comité de crisis en el finger, justo delante de la puerta del avión. Estábamos allí discutiendo con los que tenían que separar el finger, los asistentes de vuelo y, en un momento dado, aparece también el piloto, Antonio.

Ya no sabía si desmayarme por el ataque de pánico o por lo bueno que estaba el piloto.

No, en serio.
Lo estaba pasando fatal.

Total, que Antonio el piloto me vio en el momento cúlmine del ataque de pánico: sentada en el suelo y llorando desconsoladamente, y me dijo…

¿Tienes miedo? Mira, ven a la cabina. Si vuelas con nosotros nunca más tendrás miedo.

A mí lo que más miedo me da es el despegue.

Así que le dije que vale, que me envalentonaba y entraba en el avión porque sí o sí tenía que llegar a Madrid, pero que el despegue no lo quería ver.

El viaje lo pasé como pude, y unos 15 minutos antes del aterrizaje vino una azafata a llamarme porque me invitaban a aterrizar en cabina con Antonio y el copiloto.

Esta vez sí que fui, y tengo que decir que fue muy bonito.

De verdad, fue precioso.

Como pasajera, lo que pensé en ese momento fue que ellos y yo tenemos carácteres completamente opuestos.

Porque mientras yo no consigo filtrar racionalmente mi miedo, ellos hacen un trabajo que les exige una precisión, una racionalidad y una lucidez tremendas.

Y todo esto lo pensé porque mientras el avión descendía, atravesamos una nube, y no se veía nada, pero ellos estaban dominando completamente la situación, los veía superseguros.

Incluso sin ver nada.

Y para mí lo absurdo es que yo tengo un miedo horroroso, porque en el momento del vuelo no me fío del género humano, porque el avión al fin y al cabo está en las manos de un ser humano.

Pero a ellos los veía con un dominio tal que los hacía extremadamente confiables.

Si te digo la verdad, no sé si el miedo a volar se me ha pasado para siempre. Pero al menos aterricé en Madrid tranquila y conseguí volver mucho más serena».

Bien.

Estos son los pilotos que formamos en PULSE.

Pilotos de alto rendimiento en aviación, que son responsables de las vidas que llevan a bordo y pieza clave en la historia y la felicidad de esos pasajeros… hacen posible amores a distancia, vacaciones de ensueño, despedidas de abuelas que vuelan para siempre, subidones por cierres de negocios millonarios…

Pilotos que en vuelo están superconcentrados y dominan el avión con total seguridad y lucidez, pero que cuando salen de la cabina y están fuera de la “competición” (fuera de vuelo) son como Rafa Nadal, que no le importa estar una hora firmando autógrafos (saludando en la puerta del avión), porque sabe que así como Nadal se debe a su público, él se debe a sus pasajeros.

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